diumenge, 16 de gener de 2011

El Reencuentro



Toni se dió cuenta, mientras leía al sol en un banco cualquiera, de que llevaba sin dedicarse un día a sí mismo demasiado tiempo. Pertenecía a unos colectivos de actividad frenética e irreflexiva. Y social, obligadamente social.

Se dió cuenta de que la gente no entendía su frecuente deseo de soledad. La naturaleza social del ser humano provoca una obligatoria interacción en presencia de otros de nuestro grupo. Para evitarla hacía falta moverse a un lugar desconocido o cerrarse en la habitación. Le pareció mucho mejor la primera opción. Una cafetería acogedora, cercana a algún lugar agradable y poco visitado. Un lugar sin demasiada luz, donde no haya especímenes de tu manada,donde no se te conozca, no se te interrumpa con ningún tipo de vanalidad. Ahí estaba. Era eso lo que odiaba, las vanalidades surgidas de la incomodidad del silencio en compañía. Se había dado cuenta de que disfrutaba de los acompañantes sigilosos, o en su defecto, que valiera la pena escuchar. Un sabio habla porque tiene algo que decir y un necio porque tiene que decir algo. Pedante, la frase, pero le gustaba.

Mientras se duchaba con toda la calma del mundo todavía estaba preguntándose, inconscientemente, a quien podía llamar para que le acompañara. Se repitió el ciclo dos veces, la primera mientras se enjabonaba la cabeza y la segunda cuando iba por la pierna izquierda, que no sabía por qué, siempre era la primera: Tomaba consciencia de estar barajando nombres, se sentía frustrado por ser una mísera gota que se dejaba llevar por la corriente, se reafirmaba en su intención de ir solo y desviaba su atención hacia el proceso físico que estaba llevando a la práctica de manera voluntariamente lenta. Se le ocurrió algo así como que la sociedad era un río y que las cosas que éste no arrastra son las que se quedan a un margen del mismo o las que acababan precipitadas en su fondo. No le acababa de gustar, pero lo escribió por si algún dia le podía dar una forma menos cursi.

Le molestó encontrar a gente conocida de camino a su rincón por descubrir. Notó como intercambiaban rápidas miradas intentando disimular su incomprensión cuando dijo -No, voy solo.-, pero no tenía ganas de mentir.

Acabó en un centro de arte contemporáneo, en lo que para él era el centro de ninguna parte. Visitó la exposición temporal. -Vaya mierda!- Pensó. A pesar de eso, las naves en que estaba le encantaron. Buscó la cafetería. Paseó su mirada por la estancia, que le resultó cálida a pesar de su gran amplitud. Seguía inmóvil en la entrada, estudiando la pared de ladrillo rojo, cuando la vió. Allí estaba, junto a una ventana, bajo un foco que colgaba desde el alto techo hasta una altura que la iluminaba perfectamente. Pidió una infusión y algo de la no demasiado sugerente bollería y se encaminó hacia ella. Era perfecta, era su mesa.

Echó el azúcar en el té, lo removió, pegó un bocado del bollo, abrió el libro y se quedó allí, disfrutando de esa tranquilidad interior que un día lo caracterizó y que casi no recordaba, inmóvil mientras su vejiga se lo permitió, y orgulloso de sí mismo. Lo fácil que era. ¿Por qué no lo hacía más?

Cuando el teléfono le interrumpió dio por finalizada su cita consigo mismo. Volvió a casa andando tranquilamente, lo que se sumaba a sus andares ya lentos de por sí, con la mente puesta en cada paso, en la brisa que parecía limpia a pesar del tráfico de la ciudad y con una sonrisa no dibujada en su cara. Tenía miedo, incluso, de que le hubiera gustado demasiado.


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i tu, què dius?